sábado, 14 de agosto de 2010

Cómo se analiza o comenta un poema

El título de esta entrada es muy categórico, pues parece ofrecer la receta mágica para analizar cualquier poema y no se trata de eso. No hay recetas ni trucos ni pasos a seguir. Cada poeta y cada poema tiene una manera de hablar diferente, como también algo distinto y nuevo para decir. Por eso, de lo que se trata es de saber escuchar y de respetar la individualidad de cada poema.
Esta es solo una propuesta para aproximarse a un análisis. Espero que en alguna medida les sirva.
Vamos a analizar dos poemas de Alceo de Mitilene a la manera “tradicional”. Aunque este tipo de análisis ya está “pasado de moda”, no por ello es inútil sino que, muy por el contrario, observa elementos cuya consideración es imprescindible para llevar a cabo cualquier tipo de análisis literario.

Antes de empezar, debemos tener en cuenta aquí que nos topamos con una gran dificultad: no trabajaremos con el poema griego original sino con una traducción. Y, por muy buena que sea ésta, y por muy fiel que intente ser a su original, siempre constituirá una versión, una visión particular del traductor.

Por esa razón tenemos que tener mucho cuidado al abordar el análisis. Lo ideal es manejar la lengua original y poder redactar una propia traducción del poema. Si esto no es posible, al menos hay que contar con el texto original y, si se afirma algo de una palabra en la composición española, hay que saber cuál es palabra original que está queriendo traducir.

Además, considerando que se trata de una traducción, aquí no corresponde realizar la versificación del poema.

Pues bien, al abordar el análisis de un texto lírico, podemos considerar los siguientes ítems (pueden añadirse otros; el orden en que se los considere no importa demasiado):
> Explicación del título
> Estructura “externa” e “interna”
> Tema/s
> Yo lírico: cuál es la voz que aparece, que habla, que se construye en el poema.
> Tú lírico
> Recursos estilísticos
> Referencias mitológicas, históricas u otras

Es importante tener en cuenta que la sola descripción de estos elementos del poema no es suficiente. Para poder interpretar, es necesario explicar para qué están esos elementos ahí, cómo están funcionando. En otras palabras, por ejemplo, hacer un recuento de los recursos estilísticos usados en un texto no sirve de nada si no explicamos qué sentido cobran en el texto.

Leamos, pues, el poema de Alceo cuyo análisis vamos a esbozar:
El Hebros

Río el más bello, Hebros, junto a Ainos
desaguas en el mar azul de púrpura,
después de atravesar, roncando, el suelo
de Tracia, rica en potros,

y van muchas muchachas a explorarte,
y con mimosas manos en sus muslos
tu agua maravillosa, como un óleo,
se encantan derramando.

El título nos sugiere la pregunta: ¿qué es “el Hebros”? El mismo texto responde: es un río que está junto a Ainos y desagua en el mar. Efectivamente, el Hebros desembocaba en el mar Egeo cerca de la colonia de Ainos. Como todo río, el Hebros también era un dios, pero ese dato no resulta útil a la hora de analizar este poema en particular, puesto que aquí se presenta como río, con todas las características de tal.

La estructura es sencilla: se compone de dos estrofas de cuatro versos cada una. Esta disposición respeta la del texto griego, que tiene estrofas alcaicas, esto es, de cuatro versos (inventadas por Alceo, por eso llevan su nombre).

La disposición en estrofas y versos es lo que tradicionalmente se ha denominado “estructura externa”, es decir, la determinada por la forma del poema. Pero además podemos señalar una “estructura interna”, que está dada por el contenido. Pero para ello, debemos profundizar en la lectura del texto. Y cuando decimos esto, quiere decir que con una sola lectura no se puede analizar ningún texto, por más breve que sea: hay que leerlo y reflexionar sobre él varias veces.

Siempre buscamos en las composiciones líricas esa voz en primera persona que llamamos “yo lírico”, “hablante lírico” o “sujeto lírico”. Esa voz es la que se construye en el poema, no pertenece a nadie de “carne y hueso” sino que es tan ficcional como el “narrador” de un texto narrativo. Las marcas del yo lírico se encuentran en las formas verbales y pronominales de primera del singular. Pero aquí no hay marcas del yo lírico. Lo que sí encontramos son marcas del “tú lírico”, lugar ocupado por el Hebros:
>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>desaguas
>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>explorarte
>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>tu agua

El poema griego comienza con el vocativo, que en la traducción española divide el primer verso en dos, lo que logra un ritmo especial y fluido, y además pone en primer plano la calificación del río como “el más bello”.

El poema está poblado de imágenes sensoriales, pero son de distinta calidad en una y otra estrofa. En todo el texto abundan las imágenes de movimiento: “desaguas”, “atravesar”; “van... a explorarte”, “se encantan derramando”. Las formas verbales de la primera estrofa tienen como sujeto al mismo río, mientras que las de la segunda corresponden a acciones realizadas por muchachas: aquellas que se internan en el río para mojarse. Vemos entonces que hay una presencia masculina en la primera estrofa y una femenina en la segunda.

Las demás imágenes contribuyen a esta oposición masculino/femenino (o bien a la identificación del río con lo masculino): la auditiva: “roncando”, el carácter de la región que cruza, Tracia, que está connotado mediante el epíteto ornamental “rica en potros”, e incluso, si se quiere, la imagen cromática: “azul de púrpura”, frase que traduce un adjetivo griego (porphyreos) que significa “purpúreo, rojo oscuro, brillante, esplendente, sangriento”. Debemos decir que con la misma raíz de este adjetivo existe un verbo griego “porphýroo” que significa “hincharse (el mar); agitarse (las olas); estar agitado, inquieto; teñirse de púrpura”. De alguna manera, entonces, el adjetivo está remitiendo al movimiento agitado de las olas del mar, además de señalar su color violento, encendido.

En cambio, en la segunda estrofa se instala la presencia femenina, con toda la suavidad de que es capaz: “muchas muchachas”, jóvenes, doncellas, vírgenes, según la palabra elegida por el poeta griego. Se indican dos partes del cuerpo de las jóvenes: las manos y los muslos, lo que sugiere caricias, enfatizado por el adjetivo “mimosas”. El agua del río no es cualquier líquido sino que lo utilizan como un óleo, esto es, como un elemento que da placer a la piel.
Así, todos los recursos lingüísticos están construyendo un encuentro amoroso entre el río y las muchachas. El poema tiene una profunda fuerza erótica.

Se quiere resaltar la belleza del río, no solo porque es bello en sí mismo, por toda su fuerza, su color, su vitalidad, sino porque atrae a muchachas vírgenes y las enamora, las seduce con su agua maravillosa.

NOTA DE LA AUTORA:

El artículo continúa con el análisis de otro texto de Alceo. Quienes estén interesados en ese comentario y el de otros poemas de la lírica coral griega, pueden leerlos en el volumen DITYCLAS. Diccionario de Teoría y Crítica de las Literaturas Clásicas. Vol. I: Lírica, elaborado por el equipo integrado por Patricia Calvelo (dir.), Sonia Abed, Angélica Villena y Rodrigo Montoya.

Cordialmente,
Patricia Calvelo

2 comentarios:

  1. Como amante apasionado tanto de la literatura clásica como de la poesía
    He quedado gratamente sorprendido por este análisis sobre la forma de comentar un poema,
    que he descubierto por casualidad navegando por la red, tomo buena nota de todo ello
    agradeciéndoos el valor que para mí tiene su texto.

    Un cordial saludo

    Roberto Santamaría

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    1. Muchas gracias, Roberto. Me halaga mucho, le agradezco y me alegro que le haya gustado mi texto. Saludos cordiales.

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